Venecia es una ciudad que no se puede nombrar, a la que no podemos llegar, una ciudad hecha de sombras, humedad, nieblas, belleza, melancolía, una ciudad única que durante mucho tiempo fue la ciudad por excelencia. Ahora la vemos desordenada, pasada de moda, como una vieja actriz. Lleva demasiado tiempo en decadencia. Ahogada por la interminable oleada de turistas --a los que Henry James llamaba «bárbaros»--, ha iniciado un camino sin retorno.