La ciudad misma es un palimpsesto: una superficie reescrita donde nada desaparece del todo, sino que permanece como huella activa. Intervenir en ella no es comenzar desde cero, sino añadir una línea más a un texto colectivo. Por su parte, la arquitectura es un archivo vivo. Cada edificio contiene historias superpuestas y capas materiales y simbólicas que el tiempo ha ido depositando como estratos.