Lo etéreo vaga entre lo terrenal y lo trascendental, entre el mito y el desdén. Un ente que atraviesa el tiempo sin alcanzar olvido alguno, absorbiendo protagonismos y exégesis plurales. La quintaescencia clásica, el éter, se asoció con la constitución propia del cielo y, aunque a finales del siglo XIX se decretó su inexistencia, su halo no ha dejado de contaminarnos.