Entre la casa y la ciudad se extiende un territorio de límites porosos. Galerías, patios, plazas, calles elevadas y otros espacios comunes constituyen ámbitos cotidianos donde la vida doméstica se abre a formas más amplias de convivencia. Estos espacios han ocupado una posición ambigua en la historia de la arquitectura: tan decisivos para la experiencia del habitar como escurridizos para la producción residencial contemporánea.