Como ha ocurrido siempre, hoy en día, tanto el gobierno de las ciudades como la distribución de su riqueza basan su legitimidad en valores metafísicos intangibles pero incuestionables. Para salvar a la ciudad de la maldad que ella misma cobija y engendra de manera natural, los saberes y las técnicas urbanísticas pretenden generar una ciudad impecable y sin pecado que se imponga a esa ciudad real de la que en el fondo no saben casi nada.